martes, 6 de marzo de 2018


ROL DE LA FUERZA ARMANA NACIONAL BOLIVARIANA.

Históricamente hablando, los militares han participado activamente en la política de América Latina .

 Durante la subsecuente conquista, los conquistadores combatieron contra los indios americanos, y posteriormente se establecieron, no como simples soldados, sino como la realeza y aristocracia blandiendo considerable influencia económica y poder político.

 Podemos ver cómo, desde un inicio, América Latina omitió establecer claramente la separación de los poderes civiles y militares.
Esta situación se agravó durante y después de las guerras de independencia en los albores del Siglo XIX.

Los ejércitos nacionales desempeñaron un papel preponderante en las luchas independentistas.

Luego, cuando prevalece un periodo de caos y descontento social en las incipientes naciones, los militares emergen como la única institución lo suficiente- mente fuerte y con algún grado de legitimidad como para mantener aglutinada a la nación.
Las instituciones políticas en manos de los civiles estaban limitadas en su alcance y confinadas a zonas urbanas.

Es por ello que casi toda la región de la América Hispana vivió un vacío político e institucional al desaparecer la administración colonial.

Fue un periodo que se caracterizó por la aparición de líderes locales, frecuentes guerras civiles y una rápida sucesión de golpes militares.

 Estas circunstancias, entre otras, contribuyeron a la emergencia de caudillos, hombres poderosos que disponían de sus propios grupos armados para asegurar la estabilidad y el orden.

Gradualmente, en la medida que las incipientes instituciones políticas comienzan a emerger con fuerte participación de la oligarquía, las fuerzas armadas se convierten en instrumentos para imponer su autoridad sobre una sociedad económicamente débil y fuertemente marginada políticamente que aun no ha experimentado el surgimiento de una clase media.
En ese momento los militares se convierten en uno de los instrumentos de las clases dominantes para imponer el orden durante los tiempos de crisis.

 A través de todo el Siglo XIX los militares se identifican con la élite terrateniente y son en gran medida defensores del status quo.

Esta tradición se mantiene vigente en la mayoría de los países de América Latina hasta la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, llegada la guerra, Bolivia, Ecuador, Perú, Venezuela y otros países estaban presididos por generales conservadores; y los regímenes civiles en Argentina, Panamá y Haití se sostenían en el poder con el respaldo de los militares.

Cabe agregar que después de la Guerra, los militares de algunas naciones se transforman en “anfitriones de cambio y reforma, es decir, en opositores de las instituciones tradicionales y en proponentes y defensores de las nuevas medidas de bienestar social”.

El cambio de actitud, de defensores del status quo a propulsores de la modernización y el desarrollo se da realmente en respuesta a la necesitad impuesta por las exigencias de la época.

La Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente Guerra Fría, junto con el impacto ideológico del Socialismo y el Comunismo rompieron con el viejo orden de cosas.
A medida que las penalidades sufridas por la clase media y baja se intensificaban, el estrés y la tensión creaban las condiciones adecuadas para rebelarse contra el viejo orden social.
Cabe agregar que los militares, que en su mayoría eran jóvenes oficiales de clase media, se “sentían inquietos de pertenecer a unas fuerzas armadas estáticas que ofrecían poca oportunidad de cambio y promoción”.

 Por consiguiente, buscan el respaldo de los civiles urbanos de clase media con la esperanza de reformar el carácter de la política latinoamericana.

 La primera de tales revueltas tuvo lugar en Argentina en junio de 1943 cuando el Grupo de Oficiales Unidos (GOU) derroca el régimen tradicionalista.

 Bolivia imita el ejemplo de Argentina en diciembre del mismo año cuando algunos jóvenes oficiales idealistas conducen a los proletarios contra la oligarquía nacional.

De allí en adelante, situaciones similares se suceden por toda América Latina: en el Ecuador en mayo de 1944, en Guatemala en octubre de 1944, en Venezuela en 1945, en El Salvador, en 1948 y así sucesivamente.

Sin embargo, a los pocos años de estos regímenes pro-reformistas, las fuerzas armadas adoptan otro papel decisivo.

En esta ocasión, al fomentar la oligarquía o clase media, les toca ponerle un alto a las revoluciones de tendencia izquierdista.

 Así vemos cómo los militares intervienen para sofocar el espíritu revolucionario que ellos mismos habían contribuido a crear unos pocos años antes.

 Entre 1947 y 1959, cada uno de estos regímenes militares reformistas es derrocado por oficiales de un ejército conservador o por jóvenes cuyo celo reformista se había desvanecido ante los vientos del movimiento laboral de extrema izquierda.

Habiendo invertido la tendencia, los militares se alejan de la escena política de manera que para principios de los años 60, solamente tres países en América Latina tienen presidentes militares.

No obstante, no han transcurrido diez años cuando los militares están de nuevo en el poder en algunos de los países más grandes de la región, a saber: Argentina, Brasil y Chile, bajo el pretexto de salvar a la nación de los excesos de las tensiones sociales emanantes de las demandas laborales de los reformistas-extremistas.

La institucionalización de nuevas formas de acumulación de riqueza, junto con el desarrollo capitalista, conduce al surgimiento de nuevos protagonistas económicos y políticos que naturalmente implican cambios en las estructuras de clases y relaciones sociales prevalecientes.

 De ahí que el estado se vea atrapado entre ser el instrumento de las clases sociales dominantes para consolidar una forma de acumulación de riquezas y la herramienta de las clases sociales de movimiento ascendente que exigen una mayor participación en la formulación de las políticas económicas del gobierno.

Esto da lugar a una intensificación de las contradicciones sociales que producen una desorganización del estrato social, la aparición de conflictos industriales y el surgimiento de fuerzas radicales anticonservadoras.

 A fin de hacerle frente a esta multiplicidad de amenazas y poder reconstruir la derrumbante estructura sociopolítica, los militares entran en escena.

Con la debida jerarquía, disciplina y estructura, los militares son, de hecho, considerados los más capaces para garantizar el orden público y la seguridad nacional.


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